Es natural y común que, frente a una nueva actividad, surja una especie de inseguridad y expectativa hacia el futuro, cuestionándonos si seremos capaces de alcanzar un final feliz y placentero. Esto es lo que sentimos cuando iniciamos el largo y abrupto camino de formar una familia.
Dos personas completamente diferentes, que deciden un día unir sus vidas y compartir un hogar, no siempre se dan cuenta de que pueden tener idiosincrasias y estructuras de personalidad muy diferentes, las cuales no se conocen del todo, ya que en la etapa de enamoramiento todo parece perfecto y la individualidad pasa desapercibida. Con el correr de los años, descubrimos que somos diferentes en la mayoría de los aspectos, gustos y decisiones. El manejo inadecuado de este descubrimiento puede llevar al enfrentamiento y, lo que es peor, a canalizar este descontento hacia los hijos durante su educación.
La etapa de enamoramiento es esa sensación de poder y solución inmediata, donde repentinamente aparece Cupido, despertando el sentimiento del amor, que a veces confundimos con el placer. Nos creemos bastante maduros, pero tardíamente nos damos cuenta de que no es así.
Tomamos la decisión de formar una familia y emprendemos ese maravilloso camino. Sin embargo, no nos hemos sincerado completamente el uno con el otro, ni nos conocemos lo suficiente. Al inicio, todo se acepta y, mejor aún, se disfruta.
Con la llegada de los hijos, ese maravilloso instinto y deber maternal nos obliga a romper ese lazo de satisfacción y pocas responsabilidades que teníamos con nuestra pareja. Empezamos a descuidar nuestro ser y, en algunos casos, adoptamos una actitud de víctima por ser padres, manifestando constantemente nuestra inconformidad con nosotros mismos y con los demás.
Un bebé, un niño de 3 años, de 6, de 10, de 12, de 18 y de 20 años amerita atención y dedicación acorde a su edad cronológica: mayor dedicación a menor edad y menor a mayor edad.
Pretendo que aprendamos conocer los intereses de nuestros hijos y a lograr que sean felices y se sientan realizados en todas las etapas de su vida. Ante una dificultad emocional o material, nos descontrolamos y pensamos que el mundo se ha acabado. Sentimos impotencia y, de inmediato, nos culpamos, nos autoreprochamos y nos autoanalizamos, sintiendo generalmente que somos poco afortunados y que no merecemos esta situación.
Difícilmente somos capaces de sufrir y aceptar lo que nos pasa. No analizamos que lo más importante es seguir viviendo y que solo hemos vivido una parte del largo camino hacia la verdadera felicidad. Muchas cosas positivas nos rodean, pero ese sentimiento negativo que llevamos desde la infancia y que nos hace dependientes de los demás nos anula la capacidad de conocernos y aceptar las situaciones difíciles. Queremos que todo sea un continuo de bienestar y felicidad, y cualquier interrupción nos descontrola, rompiendo todo proceso de búsqueda de la felicidad.
Si analizamos, la vida es un continuo de subidas como de bajadas. Comenzamos desde abajo, o mejor dicho, en caída, debido a nuestra dependencia e incapacidad en la primera infancia. Así, tenemos más caídas que subidas. La vida no es un continuo en línea recta; sería muy aburrida y monótona, y poco estimulante. Tenemos que saber enfrentar los problemas y ser capaces de buscar soluciones.
En este espacio te comparto pautas de crianza representadas en consejos, reflexiones, artículos en torno a la labor de ser padres.